jueves, 6 de marzo de 2014

País de pandereta

  España es, efectivamente, un país de pandereta. La exitosa campaña de Campofrío de estas pasadas fiestas navideñas evidencia un hecho notorio de nuestra sociedad aunque en un tono menos pesimista de lo que las incompetentes e inútiles tertulias radiofónicas y televisivas realizan a diario: hazte extranjero. Porque, efectivamente, fuera de nuestras fronteras tenemos a nuestro alcance gobiernos más efectivos que gestionan economías más sólidas, con una base social más concienciada con los verdaderos problemas del Estado que dejan de lado intereses privados para el común beneficio. ¿Ejemplo? Finlandia. En este país escandinavo una de las profesiones más valoradas socialmente y con mayor peso en la conciencia colectiva de sus habitantes es la del profesor. ¿Y eso? Pues, básicamente, porque es el encargado de formar a las futuras generaciones, de impartir conocimientos y valores básicos para el funcionamiento cívico y social y, es por ello por lo que, quien opte a este campo de trabajo debe ser una persona altamente cualificada. Hablamos de futuras generaciones de una manera general pero, yendo a lo más particular, quienes se encargan de la docencia a nivel universitario tienen una tarea no menos importante ya que, si bien los profesores de niveles inferiores difunden conocimientos a una amplia mayoría de la población, en la Universidad se forma a la élite intelectual del país. 

  En España, país de grandes pensadores a lo largo de los siglos, no sabemos copiar de nuestros vecinos del norte. España, país de la picaresca, podría aprender de un sistema nacional de educación adaptado a las necesidades reales en vez de crear una caterva de mediocres estudiantes (y servidor no es que sea precisamente el adalid de las matrículas de honor) en los niveles iniciales del sistema educativo español que ha llevado a que, también, el nivel de la Universidad en nuestro país tenga que ser reducido. ¿Consecuencia? Un profesorado universitario que no trabaja como debiera, un sistema universitario que es el hazmerreír de Europa y un alumnado con unos pobres conocimientos generales y una enorme desmotivación. Y, para complementar a ese profesorado apático, algunas Universidades "punteras" como la Complutense -si el pobre Cardenal Cisneros levantase la cabeza, corría a gorrazos al impresentable del Rector Carrillo por toda la Ciudad Universitaria- quieren incorporar a su claustro a semejante lumbrera del conocimíento científico: El Juli.  

  Me pregunto: ¿para qué narices estaré haciendo el doctorado?


http://www.elmundo.es/loc/2014/02/28/530f7251268e3ee47f8b457a.html

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