jueves, 2 de diciembre de 2010

De mi estancia en Simancas

  

   A parte de las entradas sobre la Virtud, tema interesante a nivel personal, continuaré con la línea del anterior blog. Aquel, si bien no está cerrado, no será -o al menos esa no es la intención inicial- más veces refugio de mis reflexiones.
  
   Después de la lectura de mi Tesis de Máster -con la que estoy altamente satisfecho por razones que son largas de contar y que muchos ya sabeis- emprendí ilusionado mi camino a tierras castellanas. En Simancas, pequeño pueblo a orillas del Pisuerga, me esperaba mi primer trabajo como historiador. Ni más ni menos que en el Archivo General, fundado por Carlos I y consolidado por Felipe II. Por delante, varias semanas de inmersión en documentación de mediados del siglo XVII en busca de unos entrañables y pelirrojos irlandeses.

   He aprendido muchas cosas -entre ellas a realizar perfectamente el nudo de archivero- y he conocido a mucha gente interesante. Pero María, Borja y Sergio han sido los que más me han marcado.

   De ellos he llegado al convencimiento pleno de que uno no puede dejarse arrastrar en una espiral de autodestrucción más allá de un punto. Cuanto más profundo lleguemos, más duro será salir de nuevo. Lo importante es reponerse lo más rápido posible y retomar el camino con una sonrisa, con firmeza y con el apoyo de los que te rodean. Al final, como me han enseñado, lo importante es ir con la cabeza bien alta y dormir a pierna suelta. 

   Gracias por unas comidas geniales, por unas charlas tan amenas, por unas historias tan graciosas e instructivas y por todos los momentos compartidos. Pronto, seguro, nos veremos para acumular muchos más.   




Sobre la Virtud I

            

Antes de nada hay que preguntarse ¿qué es la virtud? Para tener una visión clara, tal y como hemos comentado anteriormente, hay que buscar una definición. En este sentido, la Iglesia Católica nos dice que “es una disposición habitual y firme para hacer el bien”; por otro lado, la Real Academia de la Lengua Española nos la define como “disposición constante del alma para las acciones conforme a la ley moral”. En el Diccionario de Autoridades quedan recogidas varias acepciones  referentes a la virtud  entre las cuales llama la atención “recto modo de proceder”. En palabras de Álvarez-Ossorio “[…] la virtud consistía en una disposición interior del alma que se expresaba externamente ante la comunidad, a través de acciones honestas y acordes con los mandatos de la Iglesia”.

De entre las virtudes cardinales de las que trata Ribadeneyra, él destaca en su obra la de la Justicia  por ser “tan propia de los Príncipes y tan necesaria para la conservación de sus Estados”, a la que dedica el capítulo quinto del libro segundo. Es la virtud por la que se apaciguan los ánimos del pueblo y la garante de la paz, que asegura los reinos y territorios del Príncipe. Acude nuevamente a palabras de Cicerón y de San Agustín, en cuyas obras hacen ambos referencia a que sin Justicia no puede haber Res Pública.
Menciona un ejemplo de Plutarco en el que queda patente que si la Justicia no es lo suficientemente justa, el castigo vendría directamente dado por Dios. A continuación pone ejemplos de reyes cristianos y no cristianos que actuaron justamente; tales son los casos de los reyes de Egipto, Felipe el Hermoso de Francia, el Papa León X o Artajerjes.
La Justicia tiene muchas vertientes, pero una de las más importantes durante toda la Edad Moderna es la distribución de las honras. En este sentido el Príncipe debe ser justo y no repartirlas a su antojo, sino basándose en merecimientos y servicios de quienes aspiran a ellos. Algo que llama la atención es la afirmación que el jesuita hace en esta frase: “y honrar al caballero y generoso, sólo porque sus antepasados fueron valerosos […] es deshonrar la virtud, y afrentar a los mismos padres que se preciaron de ella”.